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Tecnologías para el Desarrollo Humano

Artículo de Ondiz Zarraga

Cuando pensamos en la ciencia, solemos imaginarla como algo pulcro, ordenado y objetivo, ajeno a la irracionalidad y subjetividad que caracterizan a la sociedad. Su hija, la tecnología, comparte en nuestra visión esas mismas características, aparte de una personalidad propia que la lleva a evolucionar de manera ajena al ser humano, que se ve en la necesidad de adaptarse a ella.

Esta concepción de la ciencia y la tecnología nos permite a los ingenieros olvidarnos de que somos personas y de que, como tales, acarreamos un contexto, y, así, vivimos felices en nuestro pequeño mundo de respuestas exactas. Pero es peligrosa. Especialmente cuando la mayor parte de los problemas que sufre actualmente la humanidad (acceso al agua y a la energía, gestión de residuos …) son problemas tecnológicos y somos precisamente las personas técnicas las que estamos tomando decisiones que empujan al mundo en una dirección concreta. Lo hacemos, además, tendiendo a la intervención tecnológica, sin pensar antes en las implicaciones éticas, considerando cualquier efecto negativo que hemos provocado un daño colateral inevitable.

Me pregunto por esto si de verdad pretendemos que la ingeniería sirva a su objetivo de resolver los problemas de la sociedad. Si es así, necesitamos empezar a incluir otros aspectos en nuestros análisis. De la misma manera que discutimos los aspectos económicos y técnicos de cualquier artefacto, deberíamos preguntarnos quién tiene acceso a la tecnología que estamos desarrollando y a quién deja fuera, a los intereses de quién responde, si debemos crear algo solo porque se pueda y otras cuestiones complejas que nos afectan y que solemos obviar por no considerarlas parte de nuestro trabajo.

No tenemos excusa: las herramientas tanto teóricas como prácticas que necesitamos en muchos casos ya existen. Pienso, por ejemplo, en las tecnologías adecuadas, un concepto que nos acompaña desde los 70 y que jamás oí mencionar en mis diez años de educación técnica. Voy más allá: la única vez que me hablaron en un ambiente académico de la (no) neutralidad de los saberes científicos y los intereses que tienen detrás o se cuestionó el papel que tiene la tecnología en la sociedad fue en una clase de filosofía cuando tenía quince años.

En definitiva, creo que para hacer bien nuestro trabajo no necesitamos respuestas más exactas sino mejores preguntas. Solo cuando empecemos a preguntarnos explicítamente por qué hacemos lo que hacemos dejaremos de disfrazar de decisiones técnicas aquellas que son en esencia éticas y políticas.