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El cuerpo como primer territorio. La interseccionalidad entre las luchas por la defensa del territorio y de la diversidad sexual y de género

El pasado jueves tuvimos el placer de organizar una mesa redonda de intercambio de experiencias entre defensoras de El Salvador y de Euskal Herria en la que conversamos con José Fausto Gámez, de Brisas del Campo (El Salvador), Aleja Menjívar, Secretaria Nacional de Diversidad Sexual y de Género del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (El Salvador) e Idily Mérida, técnica de educación de Lumaltik (Guatemala – Euskal Herria).

Con la finalidad de continuar con el proceso de reflexión y diálogo entorno a la incorporación de la perspectiva de la diversidad sexual y de género en la lucha por la defensa del territorio, planteamos a las ponentes cuatro preguntas que nos ayudaron a conocer sus experiencias de lucha y su posicionamiento. En el siguiente texto os presentamos algunas de las ideas surgidas en el conversatorio mantenido con las tres invitadas. 

 ¿Cómo viven las personas LGTBIQ+ la lucha por la defensa de sus territorios?

La violencia a la comunidad LGTBIQ+ es estructural y  muchas personas han sufrido agresiones y amenazas por su orientación sexual o identidad de género. Las luchas se llevan con dolor y sufrimiento, pero el acercamiento con el feminismo comunitario ayuda a la sanación y a vivirlo de una manera colectiva y con alegría. Son procesos de duelo y dolor pero también de fuerza y valentía.

Al principio, algunas no vinculaban la lucha LGTBIQ+ con la defensa del territorio, ya que relacionaban la defensa del territorio únicamente con la lucha contra el extractivismo. Pero luego vieron que territorio no es sólo la tierra, sino que también es el cuerpo. Y cuando cogemos consciencia de eso, entendemos que el cuerpo también es un instrumento de lucha política.

¿Las luchas por la defensa del territorio y por la defensa de los derechos LGTBIQ+ se pueden unir o habría que priorizar una de las dos?

Si continuamos con esta idea del cuerpo como primer territorio se puede afirmar que las dos luchas van a la par, que no se puede priorizar una ante otra porque defender el cuerpo es defender el territorio. Es una visión interseccional.  

El mejor ejemplo de ello está en las personas trans. Al poder trascender el género y tomar decisiones sobre su propio cuerpo, igual que se hace desde el derecho al aborto, se ve el territorio desde una visión de cuerpo-territorio, el lugar donde se unen ambas luchas. Así, las dos luchas están unidas y articuladas.

¿Se puede decir que existe un colonialismo del norte también en esta lucha por los derechos LGTBIQ+ y del territorio?

Hay un acumulado histórico de exclusión estructural, de segregación… que se refuerza en el sistema capitalista. El binarismo hombre/mujer también viene por ese colonialismo y la gente disidente de género parece que no existe. A todo eso se añaden aires clasistas, con principios de exclusión… sin lugar a dudas es parte de un sistema de dominación

El sistema capitalista tiene diferentes métodos para controlar nuestros cuerpos. Ese acumulado histórico que nos ha sido impuesto y que quiere hacernos creer que en el norte está lo bueno. En el Sur existe mucho avance en materia de derechos humanos y a veces intenta ser invisibilizado por la misma construcción del sistema.

La cooperación internacional también ha tenido parte de responsabilidad al intentar establecer normas sin entender las maneras de funcionar de las comunidades, sin tener en cuenta las cosmovisiones.

A las estructuras colonizadoras y de poder les incomoda el hecho de que no exista en el sur un patrón establecido para sus intereses (lgtb, indígenas..)

Continuando con el tema de la cooperación internacional, ¿Existen modelos de trabajo que incluyan a todas las personas en su diversidad, sin dejar a nadie fuera?

En el caso de la población LGTBIQ+, hay muchas más condicionantes. Históricamente estamos excluidas del sistema educativo, de la justicia, del acceso a sanidad… Cuando llega la cooperación a nuestros territorios y empiezan a desarrollar proyectos, rara vez se involucra o se contrata a personas LGTBIQ+ para que desarrollen esos proyectos. Y cuando se contrata hay unos estándares super altos, la línea de medición es muy alta. 

Muchas veces la cooperación sólo escucha para completar sus indicadores, pero no para cambiar sus vidas. Hay que dar un giro al trabajo de la cooperación y que se enfoque más en transformar su entorno.

En este sentido sí que existen modelos de trabajo más incluyentes. Por ejemplo, un modelo es el de no trabajar con procesos familiares sino con procesos comunitarios. No se puede destruir el constructo de la familia de la noche a la mañana, puesto que la familia también es parte de la comunidad, pero a la hora de trabajar es importante que sea a nivel comunitario.

Claves para integrar la perspectiva de la Diversidad Sexual y de Género

Para realizar una cooperación transformadora es necesario incorporar la perspectiva de la diversidad sexual y de género, pero no como una suma de ejes transversales que dan puntos en la formulación de los proyectos, sino desde una verdadera mirada interseccional. Bajo esta idea se desarrolló la charla con Fernando Altamira en la que pudimos dialogar sobre cuáles son las claves para incorporar esta mirada en nuestras entidades.

Algunas organizaciones hace tiempo que nos preguntamos cómo hacerlo, cómo incluimos la diversidad sexual y de género en proyectos que abordan otros conflictos, cómo nos revisamos de arriba a abajo para hacer frente a la heteronormatividad que nos atraviesa. Otras entidades, en cambio, son mucho más rígidas con esta temática. Sin embargo, en unas y otras sobrevuelan multitud de excusas en forma de obstáculos que impiden abordar el tema con la urgencia y prioridad que requiere. Bajo el argumento de que hay otras necesidades más importantes, o que la mirada LGTBI puede desviar a nuestra organización de su foco de lucha, se deja de lado esta tarea, obviando que vivimos en un sistema atravesado por una triada de dominación, un modelo de tres cabezas (neoliberal, etnocéntrico y heteronormativo) que necesitamos mirar en toda su complejidad para poder hacerle frente. 

Porque, ¿qué pasa si no incorporamos la diversidad sexual y de género? Podría parecer que no hacerlo significa tomar una postura de neutralidad. Sin embargo, Fernado nos demuestra que no es así, que no incorporar esta perspectiva significa perder la oportunidad de hacer de nuestras organizaciones lugares habitables para todo el mundo; significa otorgarle omnipresencia a la heteronormatividad y dejar fuera todo lo que queda al margen.

Y entonces, la pregunta del millón: ¿cómo lo hacemos? ¿cómo incorporamos la diversidad sexual y de género? Según Fernando, del mismo modo que cuando queremos incorporar la perspectiva de género, haciéndonos las mismas preguntas pero ampliando la mirada a la diversidad de sexualidades, de cuerpos, de identidades…. En primer lugar, sería conveniente pensar qué preguntas nos vamos a hacer para visibilizar todas las opresiones. Por ejemplo, si trabajamos el  derecho humano al agua, ¿Qué vamos a preguntar? ¿A quién le vamos a preguntar? ¿Con quién vamos a hablar? ¿A quién estamos dejando fuera? Si la población con la que trabajamos son familias de estructura «tradicional-normativa» seguramente estemos dejando fuera a aquellas personas que han sido expulsadas de éstas por su orientación sexual.

Por otro lado, más allá de vincularnos con colectivos que tienen la lucha por la diversidad sexoafectiva como su eje central, también tenemos la tarea de apoyar a otras organizaciones que no son LGTBI a que incorporen esta mirada, porque sino podría parecer que el trabajo de incorporar la perspectiva de diversidad sexual y de género recae solamente a los colectivos LGTBI. Como si sólo los colectivos feministas tuvieran que integrar la perspectiva feminista.

Seguiremos caminando, abiertas a nuestra propia transformación.