Artículo escrito por Itxaso Santxez Encinas, estudiante del XXI Seminario sobre Cooperación, Desarrollo y TpDH

Este artículo de Lorena Fernandez, publicado en The Conversation trata sobre la desigualdad social, laboral, económico y estado de invisibilidad de las mujeres trabajadoras.

El texto comienza relatando la curiosa y a la vez repetida frase “¿Por qué no hay mujeres? Porque ellas no quieren”. El hecho de que sea curioso es porque cuando esta frase toma lugar en una conversación no suele haber presencia femenina.

En torno a esta frase en el ámbito de la ciencia, se cree que las mujeres no tenemos capacidad de escribir de tal manera que hacen lo hombres, de esta manera, las mujeres argumentan indicando que no tienen tiempo o que no somos expertas para hablar del tema, ya que su trabajo va a ser juzgado, cuando los hombres ni siquiera se plantean dar esa respuesta. Como ejemplo, un estudio entrevistó a 557 científicas, en el que, dos tercios indicaron que tenían que trabajar el doble porque su experiencia se ponía en duda constantemente.

El síndrome de la impostora

El síndrome de la impostora da nombre a este pensamiento de desigualdad de género, en el que los triunfos pasan a ser cuestión de suerte y de factores externos para las mujeres. Esto hace que las mujeres infravaloremos nuestro talento, que perdamos nuestra confianza, al inculcar este mensaje desde pequeñas, y que la sociedad nos coloque un (o más) escalón más abajo que los hombres. La investigadora Camilla Rothe, fue una de las primeras en documentar la transmisión asintomática de la COVID-19, pero inicialmente su descubrimiento fue recibido con incredulidad, negación y menosprecio. A veces ocurre el fenómeno hepeating, que se trata de que un hombre copie o enuncie una idea de una mujer haya sugerido antes, y que a todo el mundo le encante.

Además de todo esto, las mujeres son colocadas en el sesgo de la cuerda floja al tener menos comportamientos aceptables, algunas rozan el techo de cristal o incluso se topan con en el muro de la maternidad. Este muro enlaza el compromiso con el hecho de querer ser o ser madres, y las oportunidades desaparecen.

Todos estos fenómenos hacen que las mujeres queramos pilotar por debajo del radar. Renta más volverse invisible para no sufrir con los comentarios sobre lo que hacemos. Por ello, no es fácil ser la primera en escribir un artículo, o mostrar la opinión en público. Es general, es más rentable no destacar por el talento de una. A lo que esto, se convierte un círculo donde cuanta menos visibilidad menos piensan en las mujeres para hacer otras actividades.

Por último lo que personalmente añadiría es que no sólo tenemos “el síndrome de la impostora”, el techo de cristal, el muro de la maternidad, el factor de ser mujer u otras cargas sobre nuestras espaldas que hacen que no queramos resaltar en público. También siento que la primera mujer que decide romper con toda esta carga, tiene además la presión de representar a las mujeres, ya que, la sociedad tiene le costumbre de generalizarlo todo y si en ese campo la presencia femenina es nula, con la consciencia de “las mujeres no pueden hacer esto”, la presión que cae sobre la espalda de esa mujer es enorme. Esto, como antes bien ha relatado la autora, es la pescadilla que se come la cola, pero como dijo Alexander den Hejier: “Cuando una flor no florece, arreglas el ambiente en el que crece, no la flor”.