Por: Irati Gorostidi
Donde habitualmente hay apuntes, pantallas y bolígrafos, hoy han sido las agujas, los hilos y las prendas gastadas quienes han tomado protagonismo en el taller de reparación textil organizado por Ingeniería Sin Fronteras Euskadi. Por unas horas, un aula de la Escuela de Ingeniería de Bilbao se ha transformado en un espacio donde aprender no solo significa
adquirir conocimientos, sino también cuestionar hábitos y recuperar habilidades olvidadas. Porque, frente a la lógica de usar y tirar, la propuesta ha sido clara: parar, reparar y alargar la vida de aquello que ya tenemos.
La sesión ha comenzado con una introducción que lanzaba una pregunta sencilla pero incómoda: ¿Reparas tus prendas o, a la mínima imperfección, las descartas? A partir de ahí, la charla ha ido exponiendo los impactos de la industria textil, apoyándose en datos que invitan a replantearse hábitos cotidianos. Cada año se producen alrededor de 100.000 millones de prendas y, sin embargo, muchas se quedan en el fondo del armario. Aunque a veces se perciba como un problema lejano, en la Unión Europea cada persona genera unos 11 kg. de residuos textiles al año. Detrás de estas cifras hay algo más que números: un modelo basado en el ultra fast fashion, que implica sobreproducción, consumo acelerado y una enorme presión tanto sobre el medio ambiente como sobre las personas que trabajan en la cadena de suministro.
La problemática no se limita a la generación masiva de residuos o al consumo intensivo de recursos (hasta 20.000 litros de agua para producir un kilo de algodón), sino que atraviesa toda la cadena de producción, donde muchas personas trabajan sin derechos laborales básicos: salarios insuficientes, jornadas excesivas o entornos inseguros. Frente a este panorama, se ha planteado la necesidad de avanzar hacia un modelo más transparente, responsable y sostenible, donde el consumo consciente y el alargamiento de la vida útil de las prendas juegan un papel clave.
Pero el taller no se ha quedado en el diagnóstico. Después de la reflexión, ha llegado la acción. Con agujas, hilos, tijeras y mucha curiosidad, las personas participantes se han puesto manos a la obra. Sobre las mesas han ido apareciendo calcetines con agujeros, vaqueros desgastados, camisetas rotas o pantalones pendientes de un arreglo que llevaba meses posponiéndose; porque, a veces, solo hace falta una excusa para hacer aquello que llevabas tiempo dejando pasar.
Desde el conocimiento cero hasta la experiencia más avanzada, se ha generado un intercambio espontáneo de saberes: cómo zurcir un calcetín, cómo reforzar un roto con un parche, cómo coser un botón o cerrar una costura abierta.
Lejos de la perfección, el enfoque ha sido claro, mejor un arreglo imperfecto que ninguno. Reparar se ha entendido como proceso, como aprendizaje y también como una actitud de rebeldía frente a un modelo consumista dominante. En un contexto donde el consumo marca el ritmo, detenerse a reparar una prenda se convierte en algo más que una habilidad:
es una forma de cuestionar lo establecido.
La jornada ha terminado con una sensación compartida de haber aprendido algo práctico, útil y necesario para cualquiera. Y, por suerte, no será la última vez. La intención es repetir la experiencia, seguir creando espacios donde reparar, compartir y, de alguna forma, poner en cuestión todo lo que nos rodea.








